martes, 8 de septiembre de 2009

¿Quién es ese Tiresias que firma las entradas?


Para los griegos que deambulan por la epopeya homérica, había tres profesiones tocadas por la divinidad (inspiradas, entendida la palabra en su valor etimológico, con el espíritu del dios dentro de sí), la del sacerdote, la del aedo o cantor ambulante de versos y la de adivino. En la mitología griega, además de otros muchos entes y gentes dotados con ese don, existen dos grandes augures que se reparten los dos ciclos míticos que más cultivo literario ofrecieron: Calcante para la guerra de Troya (el gran argumento épico), y Tiresias para Edipo y sus infortunados descendientes (el gran argumento trágico). Un buen adivino, como un buen aedo, es anciano, para que vaya cargado de sabiduría y desapego, y ciego, para que sepan escuchar la voz de dios que habla en su interior y nada les distraiga. Aunque tal vez Calderón de la Barca se excedió cuando en una de sus comedias tildó al pobre Tiresias de caduco esqueleto. No tiene asiento fijo, ambula con el peso de sus profecías de aquí para allá, y es una falta abominable causarle algún mal o tratarlo con desconsideración.

Tiresias es la única persona de la que se tiene noticia en la antigüedad que fue hombre y mujer en etapas sucesivas de su vida. Este capítulo, un punto escabroso, lo dejaré sin contar. Pero a resultas de esa prodigiosa experiencia le fue dada como castigo la ceguera y como ventura, la ciencia del vaticinio.

Ser adivino en Grecia era una pesada carga. Se solían dar malas noticias, y a los poderosos, ávidos de saber su destino, no les gustaba que éste fuera funesto. El pobre Tiresias se siente abrumado cuando le tiene que decir a Edipo que, sin darse cuenta, ha matado a su padre y está casado con su madre: ¡Cuán terrible es ser sabio cuando la sabiduría no reporta provecho a quien la tiene! (Esta queja, según Sófocles, exclamó abrumado el desdichado augur).
Entre el profesor y sus alumnos, lo suyo es que el anciano caduco, un poco más sabio en sus cosas, sea el primero, y esa es la razón por la que hemos escogido ese nombre, más realista que otros muy tentadores, como Narciso, Paris o Adonis, que se prestaban a nuestra imaginación.

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